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Hospitalidad de Ntra. Sra. de Lourdes (León)

El Tren de la Esperanza – 50ª Peregrinación a Lourdes


La 50ª Peregrinación de la no fue solo un viaje más.

Fue la confirmación de que, después de cincuenta años, el Tren de la Esperanza sigue vivo… y más fuerte que nunca.

Un tren que no va por raíles de hierro, sino por caminos llenos de personas, abrazos, sillas de ruedas, mochilas, lágrimas, risas y corazones dispuestos a ayudar.

Seis autobuses completos saliendo de León rumbo a Lourdes, formando ese “tren” tan especial que año tras año sigue llevando enfermos, hospitalarios, jóvenes, sacerdotes, voluntarios y peregrinos hasta la casa de la Madre.

Todo comenzó de madrugada, cuando todavía la ciudad dormía y ya sonaban las bocinas de salida. Ahí empezaba realmente la peregrinación: no al llegar a Lourdes, sino desde el primer “¿todo el mundo está?”, desde la primera manta colocada, desde el primer enfermo acompañado de la mano.

Durante esos días se vivió mucho más que actos y horarios.

Se vivió servicio.

Se vivió entrega.

Se vivió familia.

La Gruta volvió a llenarse de silencios que hablaban solos.

Las velas iluminaron intenciones imposibles de explicar.

La procesión de antorchas recordó que nadie camina solo.

Y la Virgen, como siempre, fue poniendo paz donde hacía falta.

Pero si algo marcó esta 50ª peregrinación fue la gente joven.

Jóvenes capaces de madrugar, empujar carros, acompañar enfermos, sacar sonrisas, cantar, rezar y llenar de alegría cada rincón del Accueil.

Jóvenes que demostraron que la esperanza sigue teniendo relevo.

También estuvieron los de siempre.

Los hospitalarios silenciosos.

Los que pasan desapercibidos, como decía , “como la escoba detrás de la puerta”.

Personas que trabajan sin buscar protagonismo, pero sin las cuales nada sería posible.

La 50ª peregrinación dejó momentos imposibles de olvidar:

las carreras por los pasillos, los carros en fila, las vigilias, las risas en los autobuses, el arroz hospitalario, las canciones, los abrazos de despedida, las lágrimas escondidas el último día y esa sensación de que Lourdes siempre deja algo dentro de cada uno.

Porque al final, el Tren de la Esperanza no termina al volver a León.

Continúa durante todo el año en cada gesto aprendido allí:

en acompañar, en escuchar, en ayudar y en recordar que siempre hay alguien esperando una mano tendida.

Y quizás eso sea lo más bonito de estos cincuenta años:

que generación tras generación, la llama sigue encendida.

Gracias Lourdes.

Gracias Madre.

Y gracias a todos los que hicisteis posible esta locura maravillosa llamada peregrinación.